NO EXISTE MONSTRUO SIN VÍCTIMA

Edna Flores Cruz

Nos convertimos en un territorio donde nuestro propio monstruo puede vivir. Construimos dentro de nosotros un lugar hecho de pensamientos, miedos, recuerdos y aquello de lo que intentamos escapar. Es en ese lugar donde habitan las próximas presas: aquello que escondemos, que intentamos proteger y que constantemente busca un lugar donde mantenerse a salvo de todo depredador. Entonces, el lugar que construimos para protegerlas comienza a distorsionarse hasta convertirse en un espacio en el que ya no queremos permanecer. Lo que alguna vez fue refugio comienza a parecer una amenaza. Incluso nuestro propio reflejo puede convertirse en aquello de lo que intentamos defendernos. Y es aquí donde nos escondemos y nos encontramos para atacar, creyendo que finalmente hemos encontrado al depredador, cuando en realidad hemos encontrado nuestro propio miedo. Aquello que nos hiere también puede transformarnos. Terminamos descubriendo que el depredador del que intentamos escapar también habita dentro de nosotros. Sin darnos cuenta, es ahí donde nos convertimos en monstruos. Ambos tienen hambre. La presa, sin saberlo, sigue alimentando al depredador. El depredador y la víctima siempre convivieron en el mismo cuerpo. Mientras uno intenta escapar, el otro se alimenta de aquello que escondemos. Seguimos corriendo, escondiéndonos, alimentándolo y, al hacerlo, mantenemos vivo aquello de lo que siempre quisimos huir. Y así comienza el ciclo. Quizá no se trata de dejar de tener miedo, ni de destruir al monstruo que llevamos dentro. Se trata de reconocerlo. De mirar hacia adentro y entender que nosotros hemos construido el lugar en el que habita. Tal vez la vida no era tan mala como creíamos. Tal vez fuimos nosotros quienes convertimos nuestro territorio en un lugar del que necesitábamos escapar. Somos demasiado duros con nosotros mismos. Y quizá romper el ciclo no significa dejar de ser la presa o convertirnos en el depredador, sino dejar de alimentarlo.

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